Solo al cine

Solo al cine

    Hacia rato que no iban al cine. Y aunque el argumento de la película no daba para imaginarse nada interesante, ya que se trataba de una del llamado “cine
catástrofe”, él había aceptado ir para satisfacer una necesidad impuesta por la costumbre desde hacía ya muchos años. El cine era un regalo que se otorgaba. Algo así como un postre, después de verse obligado a tragar tanta rutina durante la semana. A veces el postre sabía a fresas con crema: demasiado dulce, empalagoso. Entonces lo comía resignado; aunque sabiendo que era mejor estar ahí, adentro de la oscuridad, que en esa otra realidad de luz que lo exponía sin remedio. Las películas de acción le agradaban, pero la que exhibían esa noche prometía ser un verdadero bodrio.”No me importa” pensó, después de todo, cuanto más se distrajera de los pensamientos que traía arrastrando de toda la semana, mejor. La película de su propia vida no era exactamente algo que le interesara repetir ese viernes.

    Mariel imitó la languidez de un pájaro muerto —No puedo ir— le dijo, y Gerardo se quedó sin espacio en la consulta de sus pensamientos. Es que aceptar lo inesperado se había vuelto difícil con los años. Antes, la ocurrencia paliaba el disgusto; ahora, le costaba mucho soportar los cambios repentinos. “Me estoy poniendo viejo” pensó desairado, porque esa respuesta no sólo desnudaba un sentimiento de inflexibilidad por parte de él, sino también un presumible rechazo por parte de ella; y ella se desplomó en un sofá oscuro que apareció debajo su cuerpo; un cuerpo que expresaba un cansancio artificial, y que delataba las dotes teatrales de Mariel. A él le gustaba esa forma de engaño simple, previsible, y tan astutamente verdadero—Es muy tarde Gerardo, entiéndeme— Como no la iba a entender; el también se hubiera abandonado al cansancio si su sombra hubiera desarrollado la capacidad de convertirse en algo blando entre él y el suelo. Pero nada pasó; parecía que su sombra también tenía ganas de ir al cine, mezclarse con esa otra gran sombra rectangular y panteónica, esa sombra inmensa que se dejaba avasallar por la luz de la pantalla y sus seres perfectos, aún en el dolor, aún en la muerte; “La muerte se ha vuelto algo cinematográfico”, pensó Gerardo. Pese al desgano, esa noche no aceptó compartir la inercia de su esposa, su eterno libro, o una televisión cuya frivolidad absorbían en silencio como un gas soporífero, noche tras noche, desde hace años. Tampoco le entusiasmó dejarse absorber otra vez por la web, “hoy no” se dijo. En realidad Gerardo se quería morir, cinematográficamente hablando. Era ese no querer aplicarse la disciplina menor del aguante, del freno repentino y el cambio de dirección, como en las películas policiales, cuando la fuga tiene lluvia y coches que nunca terminan de desbarrancarse. Entonces cogió el paraguas, sonrió controlando cada gesto, y Mariel se desinfló gustosa, como pensando en un sándwich caliente o en la tele. Sus finos dedos tocaron cuatro teclas en el aire y Gerardo se fue con la canción del tácito acuerdo, llevándose su espalda, que es el lugar más adecuado para alojar la resignación, mientras bajaba por el solitario ascensor hacia la calle. Allí recordó la frase “más aburrido que ascensor sin espejo”. A veces sentía que él para Mariel solo era eso; un ascensor sin espejos. De pronto se encontró en la calle y con una llovizna involucrándolo en otra historia. Había algo en el aire que no era eso que sentía mientras miraba a Mariel desatando un nudo que a veces lo apretaba como una horca.
 Solo, cruzando un par de avenidas dispuestas como siempre, con coches eternos, con personas que él empezaba a sospechar que eran las mismas, “como en Truman Show” pensó, y sonrió al recordar las caras de Jim Carrey al descubrir que todo lo que lo rodeaba era una escenografía. Taxis; autobuses; gente para un lado; gente para el otro; y más allá la marquesina del cine, con el gran afiche del actor principal pintado en acrílico, no del todo logrado. El tipo corría de la mano de una chica y atrás los edificios se caían, todo envuelto en nubes de polvo. Volvió a sonreir y volvió a cuestionarse el motivo de ir a ver semejante tontería; pero siguió caminando. Otra vez no pudo resistirse a la misma fuerza que lo había hecho salir de la casa. Se extrañó; y lo extraño le provocó un ligero entusiasmo, como si la sencilla aventura de romper un esquema habitual le permitiera respirar un aire más fresco.

    Bajo la marquesina se esforzó por recordar las calles de adoquines, los edificios medievales, los detalles renacentistas que tanto le gustaban de esa ciudad del norte italiano en la que ahora le tocaba vivir. Pero era raro; las cosas, la gente y los autos que habían rozado su presencia hace instantes, no aparecían registrados claramente. Algo había borrado la mínima historia de sus pasos desde su casa hasta la sala de cine. ¿A donde se iba su conciencia? Entonces trataba de recuperar fragmentos de esa realidad perdida y editarlos, como si fuera un cortometraje. A veces esa síntesis no tenía que extraerla necesariamente del inconciente, y se le revelaban rostros o voces que su propio silencio incluía en la galería de datos intrascendentes; algo que Gerardo visitaba en sus horas vacías. Recordó que de esa forma conoció a Mariel; así, sin darse cuenta. Aunque ella sí se acordaba de él, nítidamente, despistado en la entrada de un cine que ya no existe. Ahora, en la aventura que para él era estar ahí parado, en esa extraña y repentina soledad, recurría a esta forma de pensar sin darse cuenta del por qué lo hacia, hasta que regresaba al presente con todo su contundente realismo.

    Ya no llovía. Le gustaba la lluvia y él bajo el techo altísimo de la explanada de la sala de cine sin nadie alrededor. Solo él mirando caer los hilos de agua. Entonces sentir lo confundió: estaba solo “Estoy viniendo al cine solo” y el “solo” perforó todos sus años con las madureces e inmadureces correspondientes, llegándole hasta el niño y golpeándolo en plena ternura. Estaba más indefenso que la única hormiga que ahora veía subiendo a su zapato.
 Después miró hacia todos lados; en realidad no miró, sino que buscó rápidamente una cara conocida para que nadie lo sorprendiera en ese hoyo fangoso en el que parecía no poder moverse. Mientras escrutaba su entorno, escribió y borro mil historias de esa soledad impropia en la que se encontraba. ¿Cómo justificarse ahí, en medio de la nada, como un faro perdido al que todos podían llegar menos él, el verdadero y más desgraciado de los náufragos? La hormiga ya no estaba. Para su tranquilidad no había nadie que acusara su triste presencia; mientras miraba con un gesto inventado a la muchacha que le entregaba el ticket de entrada. El actor que había en él, se parecía al retrato enorme del afiche: era y no era, disfrazado por el silencio y la soledad. Entonces llegó la gente. Gente, nada más; pero Gerardo se fue tensando, porque esa gente-nada-más lo miraba y el se sentía, no solo observado, sino también enjuiciado, condenado, acribillado a tiros por ojos que se convertían en balas. Estuvo a punto de mirar el reloj, hacer un gesto incomprensible e irse, pero ya tenía la entrada en la mano, y la mano del portero de la sala se convirtió en un puente por donde un diminuto Gerardo pasó, automático y temeroso, dejando atrás una tribu salvaje que lo perseguía con lanzas y alaridos.

    Ya en el vestíbulo, se hizo parte de una fila que empezaba a moverse como un solo organismo, lento e inexorable. Delante de él habían dos señores canosos que no hablaban, casi animales hastiados de tirar de la misma carreta. Detrás de ellos, dos chicas que no paraban de mirar a la gente. Tenían los ojos enrojecidos y tampoco hablaban, pero ellas de pura paranoia. Comprendió que la de ellas era artificial, pero la de él no. Evitó el recuerdo de esa telaraña que había ido desmadejando a través de cientos de sesiones y que al final lo habían conducido allí, a enfrentar la mirada de esas desconocidas que penetraban en el secreto de su infelicidad, ahora coronada por esta absurda situación. Buscó la solidaridad de algún otro solitario, la “solitaridad” pensó, y alcanzó a sonreír antes de darse cuenta que todo el mundo iba acompañado de alguien. Por un momento pensó otra vez en Mariel y se dio cuenta que no podría compartir todos esos sentimientos con ella; que él era otra persona cuando estaba solo, como seguramente ella lo era cuando estaba sin él. Sin embargo esa noche había algo indescifrable que se ahuecaba en su alma y que el recuerdo de Mariel no podía evitar.

    Ya dentro de la sala, se atrincheró lleno de incomodidad en un costado de la platea, hundiéndose en la butaca, tratando de metamorfosear su nuca y sus hombros, “Con un sombrero hubiera sido mucho más sencillo”, se dijo. Desfallecía. Se dejo morir porque sabía que en unos instantes la oscuridad le devolvería la vida. “Vida después de la muerte”, recordó; ese era el título de la conferencia que tanto le llamó la atención y que ahora se convertía en nada, como el propio folleto que se arrugaba en el bolsillo de su chaqueta. Ya nada importaba, la oscuridad sí. Sombra entre sombras regresaría su dignidad, su gustoso sentirse vivo, amparado por la inmensa y piadosa sustancia negra de la penumbra, esa noche de gatos pardos, y él, el más gato y el más pardo de todos. Era también como si su propia oscuridad interior ya no se sintiera discriminada, sino parte de esa placenta que lo vivificaba y absorbía en su uniformidad infinita.

    La oscuridad salió de algún lado y lo invadió todo. Ese era el momento donde le asaltaba la idea recurrente de la comparación: la vida como una película en la que se entraba y de la que algún día se salía. “Claro, entre tanto, nos creemos todo lo que en ella sucede: sufrimientos, alegrías, aventuras, rutinas...y nos vamos olvidando que nos trajo, o atrajo, de esa historia en la que actuamos al punto de convertirnos en el personaje” había escrito hace unos días en su diario.

    Ahora Gerardo aflojaba el velamen y permitía que la corriente lo llevara lejos, como un Moisés. Su flotación se alejó bogando por el rayo de luz que estallaba en la pantalla, configurando la única realidad posible. No estaba solo. Se aleja de mí. No puedo escribir lo que piensa, porque él es parte de esa historia que sucede entre sus ojos y la luz donde se desintegra la piedra o la duda. Gerardo sabe que la película terminará, pero no sabe que este relato también y yo no me hago cargo de advertírselo. Nadie lo había notado. Ahora yo lo atrapo con tus ojos leyendo. Te mira y te odia; no quiere que sepas más de él, y se nos fuga dejando solo una espalda gris, esfumada.

    —Ya no lo encuentro. Toda la realidad; el cine, la calle, la gente, también se me esfuman; porque él es el dueño de esta historia que ya no puedo contarte. No, no me juzgues; yo no sabía lo que iba a pasar. Ni siquiera Gerardo lo sabía, y ahora desapareció de mi página. Nos quedamos solos, tu y yo. No se nada de tí que ahora me lees. Tal vez tú sepas más que yo. Si te interesa sabrás mi nombre, por ejemplo, pero de ti no puedo saber absolutamente nada. ¿Eres mujer?,... ¿Eres hombre?...¿Qué edad tienes?...¿Qué quieres de mi?...¡Esta historia se terminó y no puedo darte nada más!... Esta bien, se supone que yo escribo y tu lees...no se nada más de Gerardo. ¿Qué quién era? ¡Pero que se yo! ¿Quién puede saberlo? Alguien que va al cine solo...como nos vamos todos a la muerte. Quizás era alguien como tu, o peor; lo digo porque estar leyendo esto que no va para ningún lado, no habla muy bien de ti,...claro, tampoco de mi. Un par de seres sin rumbo que se encuentran ante la pantalla vacía de la imaginación, ¿Qué te parece? Bueno, quizás te pueda contar algo, aquí entre nosotros: la idea del cine es porque a mi me aterroriza ir al cine sin compañia, pero a la vez me encanta. ¿Contradictorio? Puede ser. Yo creo que los seres humanos tenemos dos esqueletos, uno es de huesos, el otro es de un material más ambiguo aunque visible, se llama contradicción; eso interior que cambia nuestra forma de manera tan repentina que es complicado poder definir a alguien con certeza. En Gerardo el tema era realmente exagerado (yo le decía “exagerardo” para mofarme de él). Tenía una manera de ser tan contradictoria, que me dejó para siempre esa noche que fue al cine; y en la que pasó algo asombroso que la gente nunca pudo explicar. Porque dicen que Gerardo miró hacia arriba y gritó, y huyó desesperado mientras todo se iba derrumbando a su alrededor, hasta que él mismo desapareció. ¿Yo...?, yo me quedé sola. A veces veo tele, o me como un sándwich caliente, pero no es lo mismo sin él. Un día de estos, y a pesar de lo que me pueda pasar, junto coraje y me voy al cine. Claro, no iré al que íbamos con Gerardo. En L ́Aquila las cosas más lindas se cayeron para siempre...  

                                              Atte: Mariel

"Dibujos en la playa"

Cuando a las playas de Santa Teresita se llegaba por unos caminos amplios y desparejos de conchilla y arena consolidada, no eran muchos los veraneantes que se aventuraban por allí. Emiliano se contaba entre aquellos pocos. Aunque la denominación de veraneante era cuestionable, ya que si bien su trabajo se desarrollaba en los veranos, no era precisamente durante el tiempo de sus vacaciones. Había estudiado biología marina inspirado por los documentales de Jaques Costeau, que habían llenado largas horas de su infancia frente a la T.V. Su sueño era abordar algún día un barco científico y recorrer los mares del mundo investigando la vida del mar y sus secretos,  
pero por ahora tenía que conformarse con el estudio que realizaba sobre el comportamiento de las toninas desde la costa atlántica.

    En su puesto habitual de observación, sobre un médano, podía obtener la información necesaria. Su cámara de fotos y los prismáticos constituían todo su equipo. La tarea de etólogo que ahora realizaba, le resultaba muy gratificante, aunque le faltara un poco de acción para sentirse plenamente satisfecho. En el apartamento que alquilaba había instalado un pequeño cuarto oscuro en el que revelaba, cada semana, las fotos que realizaba durante sus jornadas de avistamiento y control. Fue en una de esas noches de revelaciones, en el cuarto oscuro, que descubrió los dibujos de la playa. Alguien había escrito algo en la arena. Si, los caractéres eran inconfundibles, pero la palabra se perdía debido a que la luz caía cenital sobre las letras. Hizo una segunda revelación del mismo negativo, pero ahora lo contrastó mucho más, y entonces, sobre el papel emulsionado comenzó a percibirse la palabra “mañana”. En ese momento no le pareció nada especial que alguna persona escribiera algo en la arena húmeda; era de lo más común. Había visto corazones, letras, círculos, estrellas, caras. Quizás algún enamorado le había dejado un mensaje secreto a alguien. También pudiera ser que se tratara de un juego de niños adivinando palabras, o tantas otras cosas.

    Al día siguiente, antes de subir a su puesto de observación, Emiliano caminó un rato cerca de la orilla. Iba con la cabeza gacha, mirando las cosas pequeñas que aparecían inmediatamente delante de sus pasos. Era una costumbre que había adquirido de pequeño, cuando en esa misma playa se ponía a recolectar guijarros de colores, pequeños caracoles, palos de madera balsa, y otros objetos que el mar devolvía transformados. Podía estar en ese rastreo mucho tiempo y regresar con los bolsillos del short abarrotados. De pronto algo lo hizo volver al presente: en el área visual que recorría habían entraron unas líneas curvas grabadas en la arena, que le obligaron a enderezar el cuello y proyectar la mirada. Era el dibujo inconfundible de un cachalote; lo que normalmente la gente denomina como ballena. Estaba muy bien realizado, y lo que más le llamaba la atención eran sus grandes dimensiones, similares a las de un animal real. Adentro del cachalote estaba escrito con letras mayúsculas “AQUÍ”. La forma de la escritura resultó ser la misma del mensaje de la foto. Ahora Emiliano estaba un poco más interesado en el asunto. Dedujo que no se trataba simplemente de un juego, más bien parecía una consigna, un mensaje. Le costaba aun aceptar que algo de eso pudiera estar relacionado con él. Subió a su lugar de trabajo y le tomó una foto al dibujo desde arriba.

   Después del mediodía el dibujo desapareció con la marea alta. Entonces sucedió lo inconcebible: apenas había terminado de ver deshacerse el dibujo del cachalote, cuando Emiliano levantó la mirada hacia el mar sorprendido por un sonido de chapoteo nada común; eran verdaderos golpes sobre el agua, pero muy amplificados. Entonces, a pocos metros de la orilla divisó la presencia de un fornido cachalote, pero de un cachalote ¡real! Primero creyó que se trataba de un grupo de toninas, pero después se cercioró de la verdad utilizando sus prismáticos. Estaba fascinado. Nunca había visto uno tan cerca de la costa. Tan cerca que Emiliano empezó a preocuparse por el estado de salud del animal. Normalmente hacen eso cuando se disponen a morir, están enfermos o deciden suicidarse; aunque esto último no lo suelen hacer de manera solitaria. Su inquietud parecía hacerse realidad. El cetáceo dio un brinco final sobre la rompiente, y ayudado por una ola terminó en seco sobre la arena, inmóvil y solo. Ahora Emiliano tenía que pensar rápido; no podía moverlo el solo. Necesitaba la ayuda de por lo menos veinte personas de brazos fuertes, cuerdas gruesas y en el mejor de los casos,
un tractor para arrastrarlo más rápido al agua. Antes de salir disparado al pueblo, le tomó varias fotos. Se acercó al animal, lo acarició y le dijo que tranquilo, que ya volvería con ayuda.

   En el pueblo, cuando explicó la situación, lo miraron como si estuviera loco. La gente no reaccionaba, no entendía lo que estaba diciendo. ¿Qué diablos era un cachalote? Pero si decía “ballena”, menos le iban a creer. Entonces se le ocurrió ir a la policía. Emiliano le preguntó al sargento de guardia si podían llevar unas cuerdas, y el sargento, que se veía severo pero responsable, asintió al pedido de Emiliano. Al llegar, el policía no salía de su asombro —¿Pero como un animal así ha llegado a nuestra playa? — Miró sospechoso a Emiliano y lo interrogó — ¿Usted no andará haciendo cosas raras, no? —Emiliano trató de calmarlo explicándole en qué consistía su trabajo. El sargento quedó conforme. Unos larga-vistas y una cámara de fotos, no eran suficientes para hacer ningún desbarajuste marino, concluyó. Enseguida, Emiliano y el policía, ahora ayudados por dos baqueanos que llegaron atraídos por la curiosidad, lograron amarrar en dos partes al cachalote y ataron el extremo de un cabo al gancho de arrastre de la patrulla, que era un viejo pero respetable jeep Willys. El sargento fue metiendo el jeep lentamente entre las olas, mientras Emiliano y los baqueanos controlaban que las cuerdas de amarre no se destaran, mientras empujaban a su vez con las manos presionando la áspera piel del pesadísimo moribundo. Emiliano había tenido la precaución de comprobar que el cachalote conservara sus signos vitales, suficientes para que el contacto con el agua lo hiciera reaccionar, sino corría el riesgo de hundirse y ahogarse. No tenía que olvidar que era un mamífero; si bien el sargento de policía le gritaba desde el jeep—¿Y, como va el pescado, doctor?—Ni aquello era un pescado ni el era doctor, pero eso ahora era lo que menos importaba.
 Cuando por fin el cachalote estuvo en el agua, los cuatro hombres retiraron las sogas que lo rodeaban. El enorme “pescado” pareció reaccionar. Se perdió unos instantes en las profundidades y luego emergió con un gran salto. Ya estabilizado y flotando, arrojó agua y aire por su espiráculo, y volvió a acercarse a la orilla. Emiliano tenía el agua por el cuello y trataba de hacer lo posible por espantar al mentado cachalote mar adentro. Pero este se le acercó a escasos metros, le puso el ojo de lado y lo miró. Lo estaba mirando, le estaba comunicando algo que Emiliano sintió pero que no pudo explicar. Enseguida el fabuloso animal se alejó a toda prisa, perpendicular a la línea de la playa, y desapareció en el horizonte, que ahora empezaba a teñirse de tonos dorados y rojos.

    El incidente había provocado en Santa Teresita una rápida y extendida fama sobre el joven biólogo. Sobre todo porque la aventura del cachalote estaba testimoniada por la inobjetable autoridad del sargento de policía. Es así como Emiliano ganó un nuevo status entre la gente del pueblo. Antes era el jovencito universitario que miraba las toninas y anotaba cosas. Ahora se había convertido en “doctor” y encima salvador de pescados aun más grandes que las toninas. Desde aquel momento nadie dudaría de su respetabilidad y del importante trabajo de preservación de la naturaleza que realizaba para la comunidad. En realidad a Emiliano le importaba muy poco todo aquello, pero si eso hacía que lo dejaran trabajar en paz, lo aceptaba de buen grado.

    Los días siguieron a los días, y Emiliano casi había olvidado el incidente del cachalote cuando algo insólito volvió a suceder. Esta vez, y en el mismo sitio donde habían aparecido los trazos de la “ballena”, descubrió el dibujo de una silla y debajo la palabra “descansa”. Miró alrededor buscando al hacedor de la broma, pero no vio a nadie.
 De repente recordó la extraña coincidencia entre el dibujo y la aparición del cachalote, en el mismo lugar. Esto solo lo sabía él. No le había contado al sargento ni a nadie del pueblo; y tampoco figuraba en su informe a la fundación universitaria que patrocinaba su investigación; una coincidencia tan extraña, lo único que provocaría sería desconfianza; de eso estaba seguro. Sobre todo teniendo en cuenta que habían cambiado al viejo supervisor Raúl Sánchez, a quien conocía hace años, por un tal Yorio, que firmaba el recibo de sus memorandums con una I antecediendo al apellido; alguien de quien nunca había oído hablar. Reflexionando, entendió que el haber olvidado el extraño episodio del cachalote, también representaba una defensa de su racionalidad. Le divirtió saber que alguien jugaba con su aparente ingenuidad, y decidió seguir el juego. —¿Y ahora por qué una silla?—se preguntó. Alguien quería que Emiliano descansara. Volvió a trepar al médano y se puso a observar el horizonte. Algunas toninas aparecían y desaparecían a unos 200 metros de la costa; por lo demás todo estaba tranquilo: gaviotas, sol y una brisa suave. De nuevo llegó la marea alta y Emiliano vio como el dibujo de la silla y la palabra “descansa” se disolvían en la espuma de una ola. De pronto dirigió su mirada al mar... y lo vio. Era un objeto de madera o plástico que flotaba a la deriva. Bajó corriendo a la orilla y casi chocó contra él. La atrapó por el respaldar; era una silla. Una silla igual a la dibujada en la arena. Emiliano giró la cabeza escrutando el mar para ver si veía de donde había salido el objeto, pero nada, absolutamente nada. Subió con la silla a su lugar de observación, la colocó allí y se acomodó en ella. Era una Adirondack legítima pintada de azul. Le resultó muy agradable. Y allí, sentado sobre la más exótica de las sillas, se puso a pensar en esta otra coincidencia, que ya tenía visos de fenómeno inexplicable.

    Cuando llegó la tarde, plegó la silla y se fue a su apartamento. Al llegar al pueblo, la gente lo saludaba con gestos amables, pero sin entender donde había comprado la silla que traía consigo. Si alguien le preguntaba le decía que se la trajo el mar —Ah — le respondía la gente, como si fuera lo más normal. Claro, lo anormal era que antes estaba dibujada en la arena. De todos modos prefería mentir a que lo tomaran por loco. ¿Y si se estaba volviendo loco y solo imaginaba los dibujos?. No, eso no podía ser porque tenía las fotos, y esas no mentían ni fantaseaban. Al llegar a su casa, buscó las fotos de los dibujos del cachalote; allí estaba la verdad. Luego, reveló el dibujo de la Adirondack con el “descansa” escrito debajo. No había dudas; todo era cierto, inaudito pero cierto. Más tranquilo, al corroborar que contaba con pruebas de los hechos, se fue a dormir.

    Al día siguiente Emiliano se dirigió a su lugar de siempre. Pero esta vez lo hizo una hora más temprano. Al llegar al sitio donde aparecían los dibujos encontró algo distinto. Había otro dibujo, sí, pero estaba incompleto, solo eran unas líneas curvas que no definían nada. Era como si el dibujante se hubiera retirado dejando a medias su trabajo —Este fantasma me vio llegar y se asustó— Se dijo, y luego en voz alta —¡Valiente fantasma resultaste!, ¡Soy yo el que tendría que estar asustado!— decía esto por si el autor del dibujo aun se encontraba por allí, escondido entre los médanos. Imaginó que de haber sido él, aquella broma de la silla podía resolverse teniendo la silla hundida bajo el agua con un peso; luego, cuando la marea creciese, quitaría el peso de la silla con una cuerda enterrada en la arena y la haría flotar. Claro, el día anterior la emoción le había impedido advertir todos esos detalles. Y respecto al cachalote, seguramente el bromista ya había visto al cetáceo merodear cerca de la costa, entonces hizo el dibujo y espero.
Si resultaba, bien; sino no pasaba nada, solo quedaba un dibujo en la playa, algo normal. Emiliano sintió que las cosas volvían a su cauce. Todo era lógico, incluso que hubiera por ahí alguien ilógico haciendo bromas. El tenía un trabajo que hacer y a eso se dedicaría. Sentía que todas esas tonterías lo habían distraído de su labor. Se disponía a subir a su lugar de trabajo pero de pronto se detuvo. Quería cerrar aquel capítulo haciéndole una broma al bromista. Borró el dibujo incompleto que tenía a sus pies, delante de si; cogió una ramita y dibujó una mujer hermosa, como sabía hacerlo, ya que era un consumado dibujante. Debajo le escribió “Mi amor no es broma”. Riéndose dejó el dibujo atrás y se encaramó en el médano hasta su puesto de observación, que ahora contaba con una cómoda silla de madera. —No estuvo tan mal el fantasma bromista. Esta silla fue un excelente regalo— Y se sentó confortado a mirar las toninas que empezaban a saltar detrás de la rompiente. Enfocó los binoculares y siguió el curso de un grupo de esos delfines oscuros e infatigables. Iban hacia la derecha, después volvían; ahora saltaban, de pronto se detenían y salían espantadas. Algo había pasado. Recorrió con los lentes el entorno buscando el motivo del repentino cambio de comportamiento en las toninas. Llegó con su visión amplificada hasta la orilla. Las olas empezaban a llevarse el dibujo de la mujer. Sonrió recordando la broma. El mar había crecido. Siguió recorriendo con los binoculares las aguas. Entró en ellas como si fuera un mascarón de proa cortando las crestas de las olas; entonces la vio. Primero pasó sobre su cabellera y pensó que era algo que la crecida se había llevado de la playa: una mata de pasto seco, un tejido, algo indefinido. Después volvió sobre ella. Era una mujer emergiendo y dirigiéndose hacia la playa. Bajó los prismáticos. Estaba atónito, detenido en el tiempo, casi sin respiración. La mujer ya lo había localizado. Miró hacia donde él se encontraba y levantó una mano saludándolo. Emiliano no sabía si salir corriendo, quedarse ahí petrificado o bajar y saludar a esa bañista cuya presencia no había advertido antes. Los tres Emilianos no se ponían de acuerdo. Mientras tanto la bañista ya salía del mar y empezaba a caminar por la playa en dirección al médano. Giró, miró hacia el horizonte y luego se sentó, justo donde minutos antes había estado su dibujo. ¿Su dibujo? —No, no puede ser — otra vez volvía a caer en las coincidencias absurdas del bromista. Pese a eso, era imposible que quien estuviera burlándose de él hubiera preparado de antemano a aquella mujer, que por otra parte era idéntica a su dibujo. Permaneció un minuto con los ojos “clavados” en la nuca mojada de la mujer; entonces ella giró la cabeza y le sonrió como respondiendo a la intensidad de su mirada.

—¡Venga, baje de una vez!— le gritó la jóven.

    Emiliano se puso de pie. Eso no era un fantasma, era una mujer de carne y hueso que le hablaba de la manera más normal, encima con una confianza que lo dejó pasmado; como si de alguna manera lo conociese. Decidió que todo debía responder a algo que el no captaba pero que no era anómalo, ya que la actitud de la inesperada visitante le resultaba totalmente normal. Ya a su lado ella se presentó:

—Soy la doctora Irene Yorio, su supervisora— Emiliano sintió que el corazón le aterrizaba otra vez en el pecho.

—Mucho gusto, Emiliano Ferrari. Disculpe el asombro, es que no la esperaba...

—Yo le mandé un telegrama, Ferrari; me extraña que no le haya llegado. De todos modos aquí estoy, y espero no incomodarle; es parte de las nuevas disposiciones; le llaman “supervisión in situ”, usted comprenderá.

    Emiliano la miraba con un interés que iba más allá de su trabajo. La encontró casi tan atractiva como la mujer ideal que dibujaba siempre; esa misma que había trazado en la arena.

—Me llamó mucho la atención lo del cachalote— prosiguió ella; —Desde que era chica no pasaba algo así.
¿Usted sabe que yo nací aquí?, al poco tiempo mi familia se mudó a la capital. Estas playas eran mi única distracción. Pasaba horas mirando el mar y dibujando en la arena.

   En Emiliano la sorpresa iba dejando paso a un creciente interés por Irene, cada vez de manera más intensa. Sentía que un lazo volvía a anudarse, un lazo que iba de ella a él y que él aceptaba de una manera tan natural como si se conociesen desde siempre; o de otra vida. El no creía en esas cosas, pero era lo que sentía en ese momento, de manera irrefutable.

   —¿Y usted Emiliano, que le parece Santa Teresita?—Emiliano sonrió; si tenía que contarle todo lo que había vivido las últimas semanas, incluido lo que había sucedido esa misma tarde, seguramente habría dicho “increíble”, pero no le pareció mal la palabra

    —Increíble— , le dijo.

Emiliano e Irene hablaron hasta que el sol empezó a ocultarse sobre los médanos. El mar se puso oscuro y las nubes rosadas, y luego ámbar. Después bajaron del médano y se fueron al pueblo. Él la acompañó hasta el hotel y quedaron en cenar juntos más tarde. Emiliano caminaba con la silla plegable bajo el brazo. Ya no se hacía preguntas, ahora solo quería vivir lo que la vida le trayese, —¿La vida ó el mar?— se preguntó. Quizás era lo mismo. Quizás la observación del modus vivendi de la toninas en el atlántico sur, era un excusa del destino; un disfraz detrás del cual él había podido percibir otra cosa; algo más grande que no comprendía, algo que escapaba a su razonamiento entrenado para la ciencia; algo que no supo cómo llamar pero que desde ese día empezó a llenar su alma y su vida. 

Poema "Estirpe Lobuna"

¿Querés leer un relato del libro de Hernán?

6. Oct, 2015

elnarratorio.blogspot.com/.../labios-de-mujer-de-hernan-sanchez-barros….

En ese blog podrás leer "Labios de mujer" un cuento que define muy bien la estilística de Sánchez Barros, aunque en el libro todos los relatos son de temática distinta, abordando temas que van desde el exilio y las luchas políticas, hasta el misterio de una pared que emite música en Manhattan.

Poema "Mediodía"

Mediodia

«Hernán Sánchez Barros ha conmocionado el panorama editorial latinoamericano con su primer libro de relatos,"Dibujos en la playa", que se ha revelado como un valor en alza». Con una narrativa creativa y audaz, marcada por lo inexplicable que esconde la realidad, Hernán Sánchez Barros, va tejiendo relatos que desestructuran la simpleza de lo cotidiano hasta convertirlo en una enunciación de revelaciones insospechadas. Cada uno de los 21 relatos que conforman el libro , se sostienen en una escritura que no renuncia al poder estético-poético, porque ahí, precisamente, radica su fuerza. Todo el libro constituye una travesía que cautiva sutilmente la imaginación del lector, sumergiéndolo en un mundo de amor, exilio, dolor, candidez, desenfreno, nostalgia, magia, luchas política, con las infinitas metáforas que ilustran la bitácora de la vida. Todas las experiencias, contrariedades y reflexiones van construyendo personajes singulares, descentrados, recorridos por signos sociales alarmantes en los que sin embargo, pese a la extrañeza, consiguen habitar. Las aventuras que vivirán los protagonistas nos llevarán a descubrir identificaciones que bien podrían semejarse a nuestra propia vida, vista desde la diversidad de un lente indiscriminado y revelador, para señalarnos de una manera diferente la complejidad del devenir humano, sus sueños y sus luchas, sus motivos de vida y de muerte.

Aquí junto al maestro Adolfo Bioy Casares, Recoleta 25-3-87

hsb
18. Oct, 2015